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Mi petición de más espacio, de John Hersey

Esta semana os hablo de la novela Mi petición de más espacio, de John Hersey y publicada en 1974. Nunca había oído hablar de esta historia, tampoco de su autor, que también fue periodista, profesor, escribió varios libros y artículos y ganó el premio Pulitzer de ficción en 1945, y que sin duda se ha convertido en una de mis mejores lecturas de los últimos tiempos.


La novela está ambientada en un futuro en el que la superpoblación es abrumadora. Tanto, que la gente vive hacinada en pequeños espacios, tienen que hacer largas colas y dedicar mucho tiempo para poder hacer cualquier tarea del día a día, y cualquier deseo o necesidad debe ser solicitado en las ventanillas de "Peticiones". Así es como empieza la historia, con el protagonista haciendo cola junto a cientos de desconocidos que también están esperando con la intención de formular su petición. Todos ellos están pegados a la persona que tienen delante, a la que tienen detrás y a los lados, apenas hay espacio entre ellos. No se conocen de nada, pero pasan horas juntos, esperando y avanzando lentamente, y es inevitable acabar preguntando a qué se dedican, dónde viven y cuál será su petición.


Es una novela breve, que parte de un concepto sencillo, pero con profundidad. Es fácil sentir empatía, ya que todos alguna vez hemos tenido que esperar para hacer algún trámite, y seguro que no siempre hemos conseguido lo que queríamos o necesitábamos. Esta historia explora esto hasta el límite, en una sociedad que ha crecido en número, pero se ha reducido en derechos y en libertades, donde las peticiones de los ciudadanos varían entre solicitar cigarrillos, alimentos con más proteínas, poder casarse o tener un hijo, que un nieto aprenda a leer, poder cambiar de trabajo, o como en el caso del protagonista, que quiere solicitar más espacio en el cubículo en el que vive. Todos ellos saben que tienen pocas posibilidades de que se les concedan sus peticiones, pero aún así no dejan de intentarlo, porque no es una cuestión de esfuerzo o voluntad, si no más bien de suerte o casualidad. Cuando el resto de personas descubre la petición del protagonista, algunos se ponen en su contra y pretenden echarlo de la cola porque creen que su intención de tener más espacio les puede perjudicar a ellos, ya sea en detrimento de sus propias peticiones, o perdiendo parte de su propio espacio. Les entran dudas e inseguridades, aunque la decisión final no depende de ninguno de ellos, tan solo del funcionario que haya al otro lado de la ventanilla.


Es llamativa la aceptación y adaptación de las personas a esta situación. El protagonista recuerda que cuando era niño, aún corría el aire entre las personas y no era necesario pedir permiso para poder hacer cualquier cosa. Es curioso el concepto de comunidad y la falta de individualismo, cómo en las colas, si no fuera porque la gente habla entre sí, y cada uno muestra sus inquietudes, se acabarían confundiendo, formando una marea rítmica y abstracta, sin alma. Cosa que sucede igualmente, allá donde tan solo se ven cuerpos, pero no personas.


Me hace reflexionar el hecho de que muchas novelas distópicas muestren sociedades de este tipo, en las que la gente se conforma con ser uno más, sin ningún tipo de diferenciación con los demás. Sociedades en las que las personas no tienen capacidad de decisión, donde nada depende de ellos, si no de un ente superior, normalmente un gobierno o colectivo con más poder. Sociedades conformistas y aletargadas, hipnotizadas como el burro con la zanahoria, que está lo suficientemente cerca como para hacerle creer que podrá cogerla, pero lo suficientemente lejos para que no lo haga, y de esta manera que siga tirando del carro. Las personas creen ser dueñas de su destino, pero a veces tan solo persiguen una zanahoria que otro les ha puesto delante. Pero al final las distopías son eso, ¿no? Representaciones negativas de una sociedad. Lo que me asusta son los paralelismos que encuentro con algunos comportamientos actuales: etiquetas y señalamientos, descalificaciones, hipocresía y manipulación... Y es que al final, muchas de estas novelas que se escribieron hace tantos años, y que quizá pretendían ser una crítica contemporánea, resultan mostrar en muchos aspectos una realidad que se quería evitar.


Las dimensiones máximas para cada individuo son de dos metros por metro y medio. El espacio para cada persona queda delimitado mediante rayas pintadas en el suelo. Invadir el espacio ajeno, aun accidentalmente, está rigurosamente prohibido.

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