Cielos clausurados, de Alberto Rodríguez Andrés

Esta semana os voy a hablar de Cielos clausurados, de Alberto Rodríguez Andrés, novela ganadora del Premio UPC 2020 y publicada por Apache Libros. Como sabéis soy muy fan de Apache, especialmente de su línea de novelas de ciencia ficción porque cuenta con unas historias muy potentes. Desde hace unos años esta editorial publica las novelas ganadoras y alguna mención de honor del Premio UPC de novela corta de ciencia ficción, convocado y otorgado por la Universidad Politécnica de Cataluña.

En esta ocasión, Cielos clausurados se ha llevado el primer premio, siendo una novela polifacética en la que, para mí, la ciencia ficción no es el género predominante. Quizá podría ser más bien fantasía humorística y algo gamberra. Y es que en esta historia, las llaves del Cielo se han extraviado y Dios está atrapado dentro. Ahora nadie puede entrar o salir y cuando alguien fallece en la Tierra no termina de hacerlo, se queda vagando como un zombie. La situación es tan desesperada que Dios solo puede recurrir a la Muerte y al Diablo para ponerle arreglo. Además, paralelamente conocemos a Merche y Bernardo, dos cincuentones hartos de todo que, incluso después de haber llegado su hora, siguen sin morir y deben acostumbrase a su nueva «vida».


Lo que más me ha gustado de la historia es la naturalidad y el costumbrismo de los personajes principales. El Diablo, condenado a vivir una vida tras otra en la Tierra, tiene que coger el transporte público todos los días para ir al trabajo, una oficina que comparte con otros autónomos, donde se dedica a estampar logos en artículos promocionales; con mujer y una hija, y una vida aburrida y rutinaria a la que él, como agente regulador de la entropía del mundo, poco le queda por ofrecer. La Muerte, por otro lado, va enfundada en el cuerpo de un profesor de yoga de rubios rizos que aparece buscando al Diablo por encargo de Dios. Y es que Dios, atrapado en el Cielo sin poder salir, solo puede delegar la misión de dejar todo como estaba a sus dos agentes activos en la Tierra mediante un correo electrónico. Nadie sabe cómo el pobre San Pedro, guardián y custodio de las llaves de la entrada al Cielo, ha acabado en un manicomio en Tijuana, México.


La historia paralela de Merche y Bernardo, dos de esos personajes que no pueden terminar de morir, me resulta curiosa porque, incluso ya muertos, o casi muertos, tienen que seguir luchando por «sobrevivir». Al igual que en las típicas películas de zombies, los no muertos pasan a ser algo así como una amenaza, ganado que hay que encerrar y controlar para que no se desmadren. Si bien es cierto que por lo general los zombies de las películas tienden a ser agresivos y a perseguir a los vivos para morderlos, comérselos o convertirlos en uno de los suyos, en Cielos clausurados lo muertos más bien están desorientados, con las secuelas de las enfermedades que los han matado y sin saber qué hacer. Merche y Bernardo se esconden como pueden, se alimentan de lo que encuentran por pura costumbre aunque ya no les hace falta e intentan mantenerse de una pieza porque, que no puedan subir al cielo no quiere decir que su cuerpo no se esté descomponiendo.


Mientras leía la historia pensaba en cómo las personas nos definimos o clasificamos y cómo nos unimos o separamos en base a eso: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, blancos y negros, vivos o muertos. La persona que muere ha estado viva, ha vivido su vida, tenía una familia, amigos, un trabajo, aficiones, manías... Pero, en la novela, en cuanto cruza el umbral deja irremediablemente de pertenecer al grupo de los vivos y se la aparta. Entiendo el choque, la conmoción inicial de ver levantarse a una persona que se daba por muerta, pero, ¿no sería en cierto modo un alivio no perder al ser querido? El problema es que ya no está viva, sino medio muerta, y como ella, todas las personas que, por diferentes causas, mueren a diario. El mundo no está preparado y no puede asumir tal desequilibrio.


Esta es una novela que muestra de forma absurda, con bromas típicas y a la vez humor negro, la necesidad de la muerte para el equilibrio del mundo. Una historia narrada de forma sencilla, una tragicomedia con un mensaje duro camuflado en una trama distópica y en un viaje de carretera.


El ordenador terminó de arrancar. El Diablo tecleó su contraseña, Luciferio123, y accedió a su cuenta de correo. Entre anuncios de alargamiento de pene, spam, notificaciones, ofertas de créditos, descuentos, promociones, préstamos y demás morralla, un email llamó su atención hasta el punto de que el agujero del culo se le contrajo de golpe. Era un email de Dios. Era un email de Dios con el asunto: MUY URGENTE.
 

SPOILER ALERT


Y hasta aquí la parte de la trama que podéis saber si todavía no habéis leído Cielos clausurados. Y es que una de las cosas que menos me ha gustado, o que me imaginaba de otra manera, es precisamente el final, por lo que no podía comentarlo antes de tiempo.


Ya sabéis que el viaje en el tiempo es un recurso de la ciencia ficción que me gusta mucho, pero también se ha utilizado en muchas ocasiones como una forma fácil de arreglarlo todo. Y así sucede en esta historia: la misión de la Muerte y el Diablo es volver atrás en el tiempo, al momento previo a la pérdida de las llaves del Cielo para que nada del desastre posterior suceda. Me hubiera gustado que se explotara un poco más la situación de San Pedro, dado por loco en un manicomio de Tijuana, y las llaves perdidas es un puticlub. ¿Cómo ha acabado ahí? ¿Qué clase de fiesta se ha pegado para terminar en esa situación?


Claro que, viajando atrás en el tiempo al momento previo a eso, poco importa porque «nunca ha sucedido», pero creo que, viendo el tono de la novela, me hubiera resultado divertido leer una misión de rescate del santo y de qué manera hubieran devuelvo las llaves al Cielo. ¿Mediante una nave celestial? ¿Un dron? ¿Un teletransporte divino? Cualquiera de esas opciones hubiera encajado en esta historia, una solución orientada hacia la fantasía o hacia la ciencia ficción.


En cualquier caso he disfrutado de esta breve lectura, ágil, estrafalaria y gamberra.

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